En el armario.

Le dije buenos días a su ausencia y buenas noches a su desinterés.
Me abrace a su recuerdo, a lo que me dejo cuando se alejo sin doble pensamiento.
En ese entonces fue fácil para mi despedir lo que no había llegado, pero con lo que ya me había encariñado. La idea de tenerlo era perfecta, la idea de sentirlo era deliciosa, la idea de él sin mi era más realista que todo eso.

Le conté a mi madre sobre él, le dije que me había enamorado y que quería ser feliz. También le conté a mi perro, porque ese can es mi mejor amigo y debía saber que quería a alguien. Le dije a mi mejor amiga y ella se entusiasmo. Pero cuando se lo dije a él, solo rió. Le causo gracia. ¿No es gracioso? La gracia en lo gracioso.

Por eso, hoy cuando le dije buenas noches a su desinterés, invite a mi cama al amor propio y sentí la calidez de una verdad en mi oído: Soy demasiado buena para alguien como el. Ah, sí, porque lo soy.
Soy demasiado buena y por eso lo deje encerrado en mi armario. Mi madre no tiene por qué saberlo, mi perro puede jugar con el y yo puedo verlo con esos ojos suplicantes y sudor en la cien suplicándome libertad.