Torta de chocolate color borgoña

TITULO: TORTA DE CHOCOLATE COLOR BORGOÑA

PERSONAJES: 
Doncella, personaje original 


TIPO DE TEXTO: 
Texto corto, narrativo en formato monologo

POR: 
Génesis Finol
10 de NOVIEMBRE del 2013
 ¿Lo saben? Creo que si lo saben... oh, bueno, lo sabían pero temían entenderlo, esa risilla que se escapo no fue una burla, lo siento. Esta cena no tiene fines, es una reunión entre amigos y me rió. La familia a un extremo, las amistades al otro y en el centro una mesa limpia y vacía. Alguien metió el dedo en el pastel… Fuiste tú, ¿Lo fuiste? Lo fuiste, todos los vimos pero teníamos los ojos cerrados y ahora podemos reír del vicio. [...]
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       ¿Alguna vez vieron Maltilda? Ya saben, esa película de la niña con poderes y la directora mala… ¿Si? ¿No? Bueno, lo único que quiero rescatar es un pastel que sale en una escena, un niño regordete devora un pastel de chocolate que resulta grotesco pero atractivo; una vieja cocinera lo deja en la mesa y el chico se ve ante el reto de comer varios kilos de cacao en diversas formas mezclado en ese postre de tamaño bastante impresionante. La escena para los amantes de los postres es bastante tortuosa porque el olor puede imaginarse, la textura, es como comer con los ojos. ¿Alguna vez probaron un pastel de chocolate siendo niños? Quizá algunos no lo recuerdan los delitos infantiles de escabullirse a la nevera y robar un trozo o simplemente dejar la histórica huella del dedo estampado en el nevado cuando nadie estaba mirando, misteriosamente nadie se declararía culpable pues todos algunas vez lo hicieron.

        La glotonería puede llegar a niveles increíbles, un día estas tranquilo y conforme con un sándwich pero otro te detienes en un café y pides 3 veces más de lo que por lo general comes. Surgen las excusas de que “premiarme no es malo”, “Cuando me provoca”, “Tenia antojo” acompañado todo esto del inseparable “De vez en cuando”. La gula, la mirada discreta a la mesa de al lado para ver qué tal se ve su comida y el olor de la cocina… No hay mucha diferencia de comer a usar, ver las prendas de vestir en un exhibidor con formas y modos, tocar la tela, deleitarse con la sola idea de “yo puedo”. Entonces ves la figura de quien va a tu lado y desdeñas no tener sus medias, no tener sus bienes, su suerte. Vendríamos a ser eso que muchos llaman, los amantes del voyerismo. ¿No les parece? Los hombres no son excluidos de nada de esto, desear la carne que una sierra filetea con extremísimo filo podría asemejarse a esa costumbre de seleccionar la carne que sostienen entre sus brazos sin sentimentalismos de por medio.

         ¿Lo saben? Creo que si lo saben... oh, bueno, lo sabían pero temían entenderlo, esa risilla que se escapo no fue una burla, lo siento. Esta cena no tiene fines, es una reunión entre amigos y me rió. La familia a un extremo, las amistades al otro y en el centro una mesa limpia y vacía. Alguien metió el dedo en el pastel… Fuiste tú, ¿Lo fuiste? Lo fuiste, todos los vimos pero teníamos los ojos cerrados y ahora podemos reír del vicio. Las copas no existen, los cubiertos no fueron puestos porque la comida no llegara, somos nosotros mismos el festín de nuestros vecinos y comensales desesperados por caer en abismos contiguos, siempre contiguos. Yo no quería a uno, los quería a todos; quería todo el pastel en mi mesa así como están todos sentados alrededor de esta mesa esta tarde lluviosa de agosto.

        Entonces recuerdo ese pastel, el que les mencione de la película Matilda. Era un pastel que no existía ¡Tal cosa no podía existir! ¿Lo imaginan? No, solo podría soñarse. Sonrió. Sueño con ustedes, con todo esto, contigo amiga mía y con tu mano en mi hombro; con esa sonrisa de orgullo de mis progenitores que solo puede soñarse, igual que ese pastel. Es una lástima que todos estén muertos. No quise manchar de sangre el suelo y por eso puse plásticos desde la entrada. “¿Por qué el suelo está cubierto de plástico?” imito con tu voz, ¡sí! ¿Por qué? Fue divertido y estoy tan agotada, vuelvo a reírme pero me duelen los brazos de tantos forcejeos y blandir ese cuchillo que aun sostenido entre mis dedos. Miro mi mano, la empuñadura de madera se tornó borgoña ¿alguna vez les dije cuanto me gustaba el borgoña? Negare con el rostro pues no hable lo suficiente como para compartir estos vicios.

        Seguí en silencio soñándoles como ahora; todos callados, fríos y sin vida; es chistoso porque no lo soñaba tan poco estético, es decir, solo miro a mi derecha y veo ese vestido que yo misma te ayude a escoger para tu compromiso y ahora está lleno de tu sangre, de la de él, de la de ellos. Rió, rió mucho de todos y de mi. El halo de la ausencia siempre estuvo en las reuniones pero las risas suenan más dulces, entonces somos como ese pastel ahora mismo; castíguenme por mi glotonería, por querer tenerlos a todos. 

       Lo siento, perdonen que suba mis codos a la mesa. Madre, padre, hermana, no me juzguen; decían que yo no era normal y ahora solo quería una fiesta. Ah, pero ¿recuerdan esa escena de la película? Donde la niña de poderes va de día de campo y baila... No, no bailemos. Negare con mi mano en la frente en una dramática pose para darle estilo a mi rechazo, vuelvo a reírme porque me hace cosquillas quitarme los zapatos y sentir el plástico en mis pies. Cruzo los brazos en la mesa, sin soltar el cuchillo, es muy importante no soltar el cuchillo y sonreír a medias descansando de este sueño ameno. Cúlpenme con sus gargantas desgarradas, con sus viseras esparcidas en todo el lugar, con sus ojos fuera de lugar y sus orejas desolladas, cúlpenme así como culparían a una niña por probar con su dedo el suave glaseado de un pastel mientras nadie miraba.

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