La galantería del mayor

TITULO: LA GALANTERÍA DEL MAYOR

PERSONAJES: 
No requerido. Texto Corto.

POR: 
Génesis Finol
10 de MAYO del 2013
La galantería del mayor empieza en ese momento en que sube a hacerte compañía y ese chófer mirón solo busca ser parte de la moción o conversación que inicia con el típico:
    -¡Que calor!
Esos puntos donde la mirada de reojo te deja ver que quien se ha subido al carro hace un momento, fue un adulto mayor con sonrisa marcada y gafas anchas. 



Hacía calor, lo recuerdo. Era el sudor de la ropa lo que me recordaba que vivía en un estado que estaba caliente todo el año y no era malo, el frío me hacía rechinar los dientes. Al subir en el transporte público, la diferencia no era mucha entre la gente acumulada dentro de los autobuses o carros y el bullicio de los peatones. Todos esos vehículos, los autos principalmente; parecen estar diseñados para que los usuarios quisiéramos lanzarnos por una ventana y no volver a subir en nuestras vidas. Pero la necesidad y el sol hacen imposible una vida de caminatas peatonales en los restos de acera que no fueron construidas en esta ciudad caliente... Hacía calor, lo recuerdo.

Fue en uno de esos días infernales, como tantos otros, donde las peripecias de vivir en una ciudad y ser mujer es motivo de piroperia vulgar y extravagante. Se hace normal en ciudades donde suelen gritar groserías creyendo que con eso alguien se va a sentir halagada (y las hay, porque algunas se emocionan con tales tratos y de eso hay que estar claras). A lo que iba, ese día iba camino a un lugar que no importa; levante la mano para detener el carro rogando que detuviera aunque fuera un pirata ajeno a la línea.
     - Buenos días.
     - Dale mas duro a la puerta.
     -¿Más? - Si, para variar la puerta no cerraba. Los autos de las líneas por puesto son esos carros que han tenido todo el tiempo de vida útil en manos de alguna familia de clase media y pasan a dar sus últimos días en manos de chóferes que cubren con cartón los pisos y sabanas los asientos. Todo con el fin de tener por más tiempo aunque las puertas estén oxidadas y la gasolina lanza su olor dentro, donde los usuarios aprendemos a tolerar el monóxido como parte del oxígeno cotidiano.
    - Si no te gusta te puedes bajar muchachita.
Los buenos días se los lleva el viento; porque es raro que alguien responda de buena manera. Todo se torna motivo de enojo con ciertos climas y este es uno de esos cálidos e insoportables climas.

Diez minutos de soledad antes de que alguna nueva alma suba hacerte compañía en el asiento trasero ya que en horas muertas como esa, el mar de gente parece huir a sombras cubriéndose del sol. Mientras tanto, el chofer te de la ojeada por el espejo sin vergüenza alguna. No sabes si la decisión de subir a un carro en lugar de tomar el autobús, fue buena. Dudas de tu ropa y te mueves para que la mirada se aleje de tu busto aunque no tengas escote o senos.

La galantería del mayor empieza en ese momento en que sube a hacerte compañía y ese chófer mirón solo busca ser parte de la moción o conversación que inicia con el típico:
    -¡Que calor!
Esos puntos donde la mirada de reojo te deja ver que quien se ha subido al carro hace un momento, fue un adulto mayor con sonrisa marcada y gafas anchas.
Ciertas personas que necesitan ayuda para caminar, para ver, para salir; andan solas sin saber cómo. No sabes si son abuelos rebeldes que se perdieron o si solo eran personas que envejecieron prematuramente. Son amables, saludan y se quitan el sombrero al subir con la dificultad de sus años. Estos mayores que al verte, se sonríen y te preguntan;
   -¿Que hora es, mija?
Responder con cordialidad es el primer paso de esa inevitable conversación.
   -¿A dónde va? ¡Ah! Yo conozco ese sitio, recuerdo que era muy concurrido en mis tiempos. Es muy bonita, ¿yo conozco a tu mama niña? Si, yo la conozco. Ah, ella era bonita también, se ponía esas falditas...
La conversación se extiende, se va de las manos y deja de ser un diálogo para convertirse en un monólogo de el solo. Pero te quedas en silencio, la señora que sube en la siguiente parada es incluida en la conversación, el anciano ríe y se acuerda de alguna plaza. El ritmo de las bocinas en el semáforo no le callan, pero no es molesto, cuenta historias que pueden ser falsas o reales y el auto se detiene.
   - Aquí es abuelo.
  - ¿Ah? ¡Ya estamos!- Y así se detiene su charla. Así se baja del vehículo, la conversación con desconocidos y su galantería se queda en el auto. Parece deseoso de tener más recorrido aun, de desear que la parada se haga distante y allí junto a él; en la acera, su única conquista es la soledad.

Recuerdo que era un día caliente, era un día de insoportable calor y un señor que no me conocía parecía estar seguro de hacerlo, le deje mentir, le deje hablar y cuando vi ese rostro senil que se quedaba atrás tratando de cruzar la calle sin mucho éxito...
   - Momento señor, también me quedo acá.-
La gente que necesita compañía lo demuestra aunque sea hablando con desconocidos.
   - Ah, mija, sabe que yo puedo cruzar pero los carros no me dejan. Yo tuve un carro ¿sabe?
Hay personas a las que vale la pena llevar del brazo y por las que el tráfico desesperante y ruidoso se puede quedar con su apuro.
Ese día llegue tarde; no llegue en realidad, hacía calor y conocí a un verdadero galán de la tercera edad.

2 comentarios:

  1. Este es mas el estilo que yo leo, relatos de personas conocidas o desconocidas con las que me siento identificada. Que bonito <3

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    1. Y ni si quiera es un relato. Es una historia hecha desde cero. Tome elementos de cosas que conozco pero no hablo de mi misma.
      Gracias por leer y comentar. Vale muchísimo en serio.

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