La felicidad de una tristeza

TITULO: LA FELICIDAD DE UNA TRISTEZA

PERSONAJES: 
No requerido. Texto Corto.

POR: 
Génesis Finol
11 de JUNIO del 2013
" Suspiro, se llevó las manos al rostro desolada. Lo llaman depresión, ataca por las noches cuando todos duermen y solo están despiertos los que la arrastran. No hay medicamentos válidos, no hay placebos que duren toda la vida; en esos momentos de insomnio solo estaba ella y la desesperanza que le desgarraba el alma. Áspera, desabrida; ya no sabía si no podía dormir o si no podía estar despierta; era la incomodidad de permanecer en silencio para no molestar a quienes si podían vivir en paz. Le molestaba, entonces en esas madrugadas de desvelo pensaba en las cosas que nadie debería pensar. No quería nada. "


No era algo extraño. Esa noche no podía dormir y ella estaba acostumbrada.

A sus 23 años, inocente y recatada. Había cometido rebeldías contra su naturaleza obediente y vivía con su novio desde hacía dos años. Le amaba y él le amaba a ella pero siempre estaban esas noches insomnes de luchas calladas. Esa casa pequeña y el perro durmiente que estaba echado al pie de la cama. Las sombras de pocos muebles, tenían una vida bastante resumida en cuanto a bienes materiales pero siempre habían sonrisas, caricias y palabras cálidas.

Estaba enamorada y sus ojos no tenían mas motivo de ser que darle atención a ese hombre que dormía plácidamente mientras ella estaba despierta; despierta de nuevo, acompañada de la nada. El reflejo en el espejo tantas veces le molesto y la luz apagada le daba espacio a las sombras mentales que le atormentaban. Se sentia triste, sin razones. Se suponía que era feliz, que tenía amor y que nada le faltaba… Quizá una tv, algún aparato moderno pero ella no quería nada.

Sus ojos volvieron a ese can que parecía soñar con algún campo abierto, movía sus patas marrones y la oreja manchada. Cualquiera que fuera su raza, ella lo seguía viendo como el cachorro de ojos celestes que llego un día soleado, jadeante y lleno de garrapatas. Era un campo, vivían en un campo o algún suburbio, algún poblado de poca poblacion. Kole; así llamaba al perro y seguía recordándole como el cachorro juguetón aunque ahora estuviera tan grande como la alfombra. Era feliz, Kole era feliz durmiendo también…

Suspiro, se llevó las manos al rostro desolada. Lo llaman depresión, ataca por las noches cuando todos duermen y solo están despiertos los que la arrastran. No hay medicamentos válidos, no hay placebos que duren toda la vida; en esos momentos de insomnio solo estaba ella y la desesperanza que le desgarraba el alma. Áspera, desabrida; ya no sabía si no podía dormir o si no podía estar despierta; era la incomodidad de permanecer en silencio para no molestar a quienes si podían vivir en paz. Le molestaba, entonces en esas madrugadas de desvelo pensaba en las cosas que nadie debería pensar. No quería nada.

Marc nunca supo que tenía ella, siempre la veía llorar sin razones. Era estresante, daba vueltas y se iba a al bar a tomar algo o simplemente se escapaba de esa frustración de no poder alegrarla. La tristeza es un mal que ataca en amplio rango, se propaga y crea entornos condicionados bajo su propia aparición; atañe al mas seguro, al mas confiado. Él la amaba, la había alejado de su familia para que estos no le hicieran daño, la había alejado de su oficio para que no la molestaran, la había alejado del mundo para que no la lastimaran y aun así ella seguía teniendo esa mirada triste aun cuando sonreía, aun cuando veía las plantas que ambos plantaban, aun cuando la abrazaba. La cuidaba de ella misma, le daba todo el cariño que nadie podría haberle dado… Ella lo sabía, él lo sabía, ambos se amaban.

La mano temblorosa que sostenía Marc el día que se declaró en cuerpo y alma propiedad de la mujer del abasto, porque eso era ella, la mujer del abasto. Serian felices, eso le prometió y ella sonrió de aquella aventura que se disponía a enfrentar saliendo de sus modales por el impulso del corazón. Nunca se arrepintió de asentir con su rostro en afirmativa a esa descabellada propuesta, nunca se arrepintió de dejarle cargar las bolsas o de prepararle la “mejor cena”.

Pensaba en eso, recostándose y sonriendo con esa sutilidad que le caracterizaba. Esa felicidad a medias que ella misma no podía disfrutar por tener dañada el alma. Sin razones reales, sin motivos. Había dejado esa pequeña casa aseada, había bañado a Kole y podado sus plantas, se había ocupado de estar ocupada todo el día para estar agotada esa larga noche que se dibujaba nublada a través de la ventana. Ella no trabajaba, Marc le daba lo que necesitaba así que solo era una carga o eso sentía a veces; sus tardes sola en la pequeña sala se iban lentamente en espera de que su amante volviera de las largas jornadas, por eso el dormía tan profundamente, trabajaba incansablemente para conseguir lo que hiciera falta. Aun así, era otra de esas noches de insomnio para ella pero trataría de hacer algo distinto para que algo mejor pasara.

Las mejores historias empiezan mal, los héroes luchan batallas contra el destino y la victoria surge vestida de damas cándidas. Quizá la humedad fría que hizo a aquel hombre despertarse era ese inicio de su vida como héroe. Era una lástima que su amada no pudiera ser rescatada de la muerte, ya era muy tarde y las sabanas estaban manchadas de sangre y el cuerpo diáfano de esa mujer que ahora parecía una visión del mas allá; una memoria de lo que horas antes fue alguien que aun respiraba.

El suicidio es más común de lo que las personas creen. La gente que vive con este estigma solo piensa en el momento de llevarlo acabo aunque tengan todo y no necesiten nada. La persona más feliz no puede resistir la seducción de dejarse llevar por la desolación de no disfrutar realmente nada. Pueden recibir amor, pueden dar todo el que tienen pero siempre tendrán esa idea de que no necesitan esta vida o la siguiente, de que prefieren ser nada. Es realmente una desdicha que los que aprenden a querer la vida y se aferran a la esperanza no pueden hacer nada. “Quiero vivir” es una frase que no vale de nada cuando el clamor de la muerte apremia y les alcanza, susurrándoles todos los motivos que tienen para no seguir en este plano donde el valor es subjetivo. Donde todo vale nada.

Entonces queda esa escena donde un hombre desesperado se cuestiona si ese cuerpo gélido y pálido que sostiene en brazos recibió de él lo que pudo necesitar para quedarse con el aliento que le mantenía viva, la duda de saber si realmente obro bien junto con la culpa de dormir y no darse cuenta de nada. El odio a sí mismo y la tristeza de que fue inútil todo… hasta esa fiel mascota parece innecesaria.

Solo queda el funeral, las preguntas y la incomodidad porque nadie entiende cuando alguien responde “murió de tristeza”, nadie entiende la desesperación de alguien que no logro cambiar esa melancolía por alegría verdadera.

Ante las lapidas las verdades suelen ser frases que solo el viento escucha, el llanto solo es otra manera de regar el césped y solo esa soledad que una tumba tiene ayuda a la gente a comprender las cosas que no comprendieron antes de ser testigos de la muerte. En el momento en que Marc pudo estar solo con el recuerdo de ella, se dio cuenta que no había pasado nada y que era como solía responderle sonriente:
“No estoy triste, solo guardo mi alegría en los rincones para cuando tú la necesites”
Esa alegría que él no pudo ver, existió en alguna parte y que todos los rincones le devolverían el recuerdo de alguien que prefería morir para ser feliz que seguir soportando una vida tan hermosa siendo miserable.

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