Negocios

TITULO: NEGOCIOS.

PERSONAJES: 
Juliette; personaje original de El Jardín de la Doncella
Henriu como Henri; personaje original de La caja de M.
POR: Génesis Finol 
29‎ de ‎mayo‎ de ‎2012


"...- Sabes como es este juego, Julie. –Susurro cerca de ella, apretando sus muñecas un poco-  
- Quien dijo que yo estaba jugando, Henri… -respondió ella para sonreír levemente ahora, viéndole de reojo y cediendo ante la presión que el cuerpo de el hacia, cerrando sus ojos un instante para aspirar el olor de ese perfume costoso que aquel hombre usaba y que le embriagaba cual fino deleite a escondidas en ese instante, en ese ahora-..."



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La noche llegaba a mediados, iluminada por el astro pálido que alto permanecía vigilante; sin estrellas y solo esa luna opaca, teñida de topacio, testigo de las calles citadinas. El auto avanzaba rápidamente y en el asiento trasero una mujer seguía hablando por teléfono.

-No, no venderé, No entregare sin luchar antes; conseguiré esos recaudos. –colgó la llamada, dejando la voz al otro lado hablando sola-

La seriedad en el rostro de ella era severa, una mirada misteriosa y agresiva cual depredadora; de un porte elegante como diosa griega. Cruzada de piernas, apoyo su mentón en la mano derecha, apretando el celular cerrado, su mirada se perdía en el movimiento de la ciudad que quedaba atrás con el avanzar del vehículo. Una ciudad concurrida, llena de peatones a esa nocturna hora e iluminada falsamente, una oscuridad urbana.
El vidrio que le separaba del conductor bajo lentamente y el cabello rojo de un chofer se dejo ver apenas, la voz gruesa de él y sus ojos verdes le veían por el espejo retrovisor mientras se detenían.
- Llegamos señorita Juliette.
- Gracias Marz. –dijo mientras la puerta se abría, dándole paso a unas piernas torneadas, perfilando una figura de curvas pronunciadas. Vestida de un elegante traje de falda recta y blusa blanquecina de fina tela, atada a la cintura por un cinto negro, sobre sus hombros un abrigo gris. Un cabello ondulado que daba a mitad de su espalda y un escote envidiable que mostraba su prominente busto-

El portero abrió la puerta de aquel edificio, afuera las letras metálicas lo designaban como #47 – “H.H. Corp. ”

Los días de trabajo se iban, regresaban y volvían a irse. La rutina de esa mujer consistía en dejar sin recursos a quien se pusiera en el camino de sus metas, llegar a ser lo que era consistía en apuestas, sacrificios y arriesgados encuentros a bajo perfil sin la prensa. Su trabajo era ser quien era ella, sin comparaciones que le alcanzaran si quiera.

-Buenas noches… Luces hermosa, como siempre.
Aquel hombre que saludo elegante, solo recibió el abrigo de Juliette en su cara, ella no era amante de los halagos, no necesitaba que hombres como ese le hablaran de ella misma.
-Dime algo que no sepa. –Respondió, seria, mirando la recepción vacía- ¿Tienes los recaudos?

El hombre no dijo nada, sus ojos negros indicaron a un lado, una sonrisa a medias mientras doblaba el abrigo con paciencia y calma, para dejarlo al botones que había estado de pie junto al mostrador. El piso de losas pulidas, los espejos que daban a la calle cual vidrios, reflejaban todo hacia afuera y nada de lo que estaba dentro. Los pasos de las dos personas, los tacones de la mujer marcaban un ritmo envidiable y denotaban la seguridad en su presencia. El ascensor frente a ellos ahora.

Henri era un hombre amante de la etiqueta, tenía un fino gusto por los trajes y la ropa de marca. Jamás vistió mal, su poder, su posición. Él estaba en el mundo para gobernar, aplastar en los negocios y como abogado, podía darse el lujo de gastar el dinero de los demás para tener mas dinero en la su propia cuenta. Paso su mano por el cabello, negro y lacio que perfectamente peinado, dejaba sus ojos profundos y negros ante el mundo, unos ojos capaces de atrapar mujeres y escudriñar en las mentes de sus clientes, culpables e inocentes; pero siempre libres.

La campana del ascensor, las puertas se abrieron y ambos entraron, el abogado y la futura canciller. Juliette tenía una carrera como empresaria que fácilmente le llevo a la vida de la política. Ahora podría ser una corrupta canciller cómodamente… pero…

El movimiento de la puerta cerrándose y el golpe seco de la espalda de ella contra el espejo.
- Sabes como es este juego, Julie. –Susurro cerca de ella, apretando sus muñecas un poco-
- Quien dijo que yo estaba jugando, Henri… -respondió ella para sonreír levemente ahora, viéndole de reojo y cediendo ante la presión que el cuerpo de el hacia, cerrando sus ojos un instante para aspirar el olor de ese perfume costoso que aquel hombre usaba y que le embriagaba cual fino deleite a escondidas en ese instante, en ese ahora-

Los romances de oficina son reales desde que las oficinas existen, todos saben del tema pero nadie lo toma como un proceso de entendimiento entre burócratas. La mano derecha de aquel abogado recorría ese camino de entendimiento que conocía tan bien como el trazo de las firmas de ella, abriendo con impaciencia los botones de la camisa que apenas cubría aquel pecho de agitada respiración; al mismo ritmo que los latidos de un corazón desbocado, rozando con sus dedos el encaje de un brassier hecho a medida que se encargaba de cubrir el busto firme de esa mujer; que de nuevo, se hacia la presa cuando en realidad solo colaboraba con un chantaje físico, donde el deseo que consumía a ese hombre por ella, le traía beneficios políticos y complacía su cuerpo sin mas que esos fugaces y pasionales encuentros a escondidas.
Las vueltas, los besos y las manos inquietas de dos personas adultas, victimas de la pasión y el calor de la carne; atrayente y amarga. La sonrisa lasciva de él y la mirada cómplice de ella. El golpe de una mano que estaba entrelazada con otra y el botón de “solo emergencia” presionado. La luz roja que ambientaba el ascensor después de un movimiento brusco que termino deteniéndolo ante la falsa emergencia. El calor de una noche donde solo ellos dos permanecían, encerrados, la ropa se hizo pesada y ninguno dudo en desprender al otro de ella enseguida.

Las delicadas manos de ella aferrándose a la nuca de él, la lengua agresiva que le asfixiaba en un profundo beso que sentía en su garganta. Las piernas firmes que le aferraban con seguridad a su amante. La piel erizada mientras el muslo era recorrido por las malas intenciones, donde la falda había dejado de ser un obstáculo y donde la ropa interior no era una excusa para saber lo que iba a suceder.

Quizá nadie sabe que el amor es circunstancial, mientras mas se odien, mas pasional el encuentro puede suceder. Quizá la esposa de Henri no sabia que su amado y fiel marido estaba engañándole, quizá la prensa que seguía los pasos de la ejecutiva intachable jamás encontraría la excusa para derribar sus negocios perfectos que jamás dejaron de proyectar el éxito promedio que esa mujer soltera, hermosa y joven, solía tener. Quizá, quizá. Quizá el jadeante aliento de ese abogado y los gemidos ahogados por una mano que cubría los labios entreabiertos de ella jamás fueran descubiertos. ¿Quizá?

El amor o la pasión… agotador y extenuante, ambos. Ellos ahora, permanecían ahora en el suelo de ese ascensor de luz tenue, silenciosos y cómplices de probabilidades que solo sus ansias y sus mentes conocerían. El estupor de una incomodidad leve, el silencio siempre era delatante.

La voz de él, afilada y seca, rompía todo el esquema que podían manejar hasta ese instante.
- ¿Qué es esto, Juliette?
  Pregunto levantando la mirada al techo mientras terminaba de abrochar los botones de una camisa que instantes antes había sido abierta sin darse cuenta, por las manos de su amante.
- Negocios, Henri. Solo negocios. –respondió, acercándose a el un poco, con el cabello desordenado y la blusa abierta aun, besándolo con mas lentitud, con la solemnidad que una amante enamorada puede dar en el contacto de sus labios con su amado, jamás confesado y de nunca confesar- 

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