¿Un simple reto?

La vida de aquella fotógrafa estaba llena de éxito, una profesional de excelencia, quizá demasiado buena como para compararse o mezclarse con los demás. Prepotente y líder nata. Mas era un absurdo para ella que las casualidades tocaran a su puerta, al menos eso vivía pensando.


-Debo admitir que, cuando leí aquella nota en la que alguien me lanzaba un reto ineludible, imaginé otra cosa.

Entonces, ella sentada en un sillón de confortable respaldo, miraba impasible al frente. Vestida con una sencilla pero impecable blusa blanca de mangas largas, falda oscura justo por encima de la rodilla y piernas enfundadas en medias negras y zapatos de tacón alto, piernas que en aquel momento mantenía cruzadas con elegancia, dejando descansar ambas manos sobre su regazo de manera diligente, sus ojos tenían un punto de desafío y desdén.

Tenía el pelo largo, brillante y cuidado. El rostro era impasible, serio pero relajado, dueña de la situación. Pero aquellos ojos, que se mostraban fríos y como sin vida, eran como los del felino depredador que observa a una presa recostado en el suelo: en estos instantes no te cazaré, no te comeré. Pero basta que hagas un movimiento extraño para que salte a tu yugular.

-Créame, señorita, que no quedará decepcionada.

Frente a ella, frente a Juliette, había sentado un hombre. Un hombre cualquiera, uno que cualquier mujer podría calificar del montón, si ella pusiera interés en las clasificaciones que las mujeres hacían del sexo opuesto. Un hombre que, sin embargo, sonreía con tranquilidad, incluso con diversión. La chispa de sus ojos también lo confirmaba: parecía feliz por haber llevado a cabo un buen trabajo, o por haber logrado realizar una broma con éxito. Dado lo que le había llevado hasta allí, parecía más bien esto último.

Vestía de manera sencilla, una camisa lisa azul acompañada de unos vaqueros grises, usados pero limpios, y zapatos negros elegantes. Se mantenía ligeramente inclinado hacia delante, observándola a ella fijamente con sus ojos verdes y su sonrisa tranquila, con las manos juntas cruzando los dedos y cayendo entre las dos piernas abiertas, las muñecas apoyadas en los muslos. El pelo, ligeramente ondulado, parecía ligeramente despeinado: lo suficiente para parecer casual al ojo no entrenado.

-¿Cómo sabe cómo me sentiré? – replicó Juliette con tranquilidad, mientras levantaba una de las manos, mostrándole entre los dedos índices y corazón una pequeña tarjeta – Nada más volver al cuarto que uso como dependencias para mis cosas, encuentro esta simple tarjeta sobre mi bolso. “La desafío a un reto que ni usted podrá superar. Esta tarde en su casa a las cinco” – volvió a dejar caer la mano, negando con la cabeza – Invitándose a la casa de los demás sin ser invitado, escribiendo notas anónimas y retadoras. Con cualquiera de esas cosas, habría bastado para que ni siquiera le hubiese abierto la puerta, o hubiese llamado a la policía.

-Pero no lo hizo – dijo él, acentuando la sonrisa – Me dejó pasar en cuanto llamé a su puerta. Y no veo sirenas por ningún lado.

-Simple educación – respondió Juliette mientras se encogía de hombros – Reconocí su letra.

-Oh, me halaga usted, señorita Julie...

-No me llame por mi apodo, por favor... -se acomodo el cabello volviendo a verle- Que decir, Llevo trabajando para ustedes casi tres años, señor Okakura. Lo mínimo que se me debe pedir es conocer a mis compañeros de trabajo. Habiendo reconocido su letra, y sabiendo por ello que no era nadie peligroso, la más sencilla educación me lleva a no dejarle en la calle, permitirle que diga lo que tiene que decir y después hacer que se marche.

El joven rió levemente.

-¡Qué fría! ¿Ni siquiera llegará a plantearse resolver mi reto?

-No veo qué reto puede plantearme alguien como usted, señor Okakura.

-Y sin embargo – dijo Okakura, recostándose en el sillón igual que ella sin dejar de sonreír – de eso trata el reto. Para él sólo se necesitan dos elementos, y se encuentran en esta sala ahora mismo.

Juliette alzó una ceja.

-¿Y qué son esos dos elementos, si puede saberse?

-Usted y yo. Es evidente.

Juliette resopló levemente, asqueada.

-Empiezo a arrepentirme de haberle abierto la puerta, señor Okakura. ¿Podría ser menos críptico e ir al grano, antes de agotar mi paciencia? Dígame de una vez en qué consiste ese reto.

-Le reto a demostrarme – dijo Okakura tras una pausa – que no está enamorada de mí.

Juliette se lo quedó mirando unos segundos, los ojos abiertos, muda. Entonces comenzó a reír suavemente, de manera cantarina.

-Por el amor de dios, ¿es ese su reto? ¿Qué clase de dificultad tiene ese reto para mí? No estoy enamorada de usted.

-No he dicho que me lo diga. He dicho que me lo demuestre. Yo, por mi parte, le demostraré que estoy enamorado de usted – amplió la sonrisa – y que el sentimiento es mutuo.

-Encuentro esa franqueza insultante, señor Okakura – dijo ella, sin perder la compostura en ningún momento – Como le he dicho, no creo que usted pueda plantearme un reto serio. ¿Cómo iba a poder entonces enamorarme? – hizo un movimiento con la mano, como rechazando aquella idea – No soy una criatura que crea en el amor, señor Okakura. Y aún en caso de creer – dijo, mirándolo de arriba debajo de un rápido vistazo – apuntaría más alto. Usted apenas llega a la altura de mis tacones.

-Me alegra saber eso – dijo él, impasible al desprecio de Juliette mientras inclinaba un poco la cabeza hacia ella, como si le hiciese un cumplido – ya que significa que puedo alcanzarle al menos a besarle los pies.

Juliette apretó ligeramente los labios. Sólo un instante.

-Creo haberle dicho que su franqueza es insultante, señor.

-Yo, sin embargo, la encuentro edificante. El mundo sería un sitio mucho mejor si pudiésemos decirnos las cosas a la cara sin ningún tipo de miedo. Usted misma podría entonces confesar lo que siente. Veamos… ¿por qué no cree en el amor, señorita?

Juliette suspiró, sinceramente arrepentida de haberle abierto la puerta a aquel hombre. Entonces le miró a los ojos, dispuesta a dejarle claras las cosas y después, echarle de su casa.

-¿Algo que puede romperse con la suficiente facilidad como para desvirtuarlo por completo? ¿Algo tan en apariencia hermoso y que sin embargo para muchas personas es traicionero y cruel? ¿Algo que produce a las personas un estado de estupidez en el que llegan a hacer cosas que, en situación normal, ni siquiera se plantearían por absurdas? ¿Me pregunta por qué no creo en eso? Algo tan endeble y tan inútil no debería existir siquiera. Es un insulto a la razón. Ademas, simplemente tengo muchas otras cosas que hacer como para detenerme en nimiedades infantiles. 

-Por infantil o irrazonable que parezca, todos se ven afectados, señorita. Todos. Tarde o temprano, todo ser humano desea estar con otro.

Juliette sonrió, creyendo haberle pillado en un error.

-Me habla usted de instintos, señor Okakura. No de amor.

-Se equivoca, señora mía. Es de amor de lo que hablo. No hablo de la necesidad del ser humano como especie de perpetuarse. Hablo precisamente de lo contrario. De esos actos irracionales de los que usted habla. Llegado el momento, todo hombre o mujer, sin excepción, es capaz de sacrificar ese instinto de supervivencia por ese algo endeble, traicionero e inútil. Hace esas estupideces, como usted la llama, por otra persona, y en muchos casos lo único que pide como recompensa es una mirada, una sonrisa o una palabra. ¿Puede encontrarse algo que genere esa capacidad de sacrificio por tan poco precio? El amor existe, y usted también sufre su mordedura.

Juliette negó con la cabeza.

-Nunca he hecho nada de lo que me ha dicho. Y nunca pienso hacerlo.

-Y yo le digo que miente. Que ya lo ha hecho.

Juliette se levantó del sillón.

-Me insulta dudando de mi palabra, señor Okakura. Le ruego que se marche de mi casa.

Okakura sonrió, pero no sé levantó.

-También ese es otro rasgo de los enamorados, ¿sabe, señorita Juliette? Se autoengañan. Usted misma, por ejemplo. Ha dicho que no ha avisado a la policía porque reconoció mi letra, porque sabía que era yo – sacó de su bolsillo un bolígrafo y una pequeña tarjeta, idéntica a la que Juliette había encontrado en su bolso. Okakura escribió algo mientras seguía hablando – Los enamorados se dicen a sí mismos que las cosas no son como parecen. Lo de que el amor es ciego es terriblemente cierto.

Cuando acabó de escribir, se levantó y se acercó a ella, tendiéndole la tarjeta. Ella la miró, pero no la cogió. Había escrito “Juliette” con letra pulcra y clara. La letra era distinta a la de la primera tarjeta.

-Y usted se engaña, asegurándose que sabía que era yo quien le pedía verle porque reconoció la letra. Porque soy lo suficientemente valiente para decirle a la hermosa mujer que amo que puedo escribir esa nota sin que me tiemble el pulso – Okakura soltó la tarjeta, que cayó dando vueltas hasta el suelo – cuando realmente mi hermana me ayudó a escribirla.

Juliette vio caer la tarjeta y luego miró con ojos de fuego a Okakura.

-Le he pedido amablemente que se marche, señor. No me lo haga repetir.

-¿Sabe lo que creo? – dijo Okakura, sin hacer caso y dando un paso hacia ella – Creo que su trabajo tras una cámara es lo que le ha hecho así. El mundo se deforma tras la lente. Todo fotógrafo busca algo cuando hace fotos, todo hombre con una cámara busca algo cuando graba el mundo que le rodea. A usted le pasa lo mismo. Hay cosas que busca mirando tras esa lente, algo que busca con desespero. Y al buscarlo, sin darse cuenta, deforma el mundo. Ha visto demasiado a través de un simple cristal. Y yo le digo que es mejor poder ver a los ojos directamente, sin ningún cristal que uno mismo se haya creado para separarse del mundo.

Okakura dio otro paso. Juliette dio un paso atrás hablando con dureza.

-No se acerque un paso a mí.

-¿De qué tiene miedo? – dijo sonriendo con tranquilidad - ¿De descubrir que no podrá hacer como llegó a su actual trabajo? ¿Sabe que para muchos usted era la mujer de hielo? Le cruzó la cara a uno de los ayudantes del director simplemente porque se atrevió a echarle un piropo. Yo lo he hecho ya dos veces. Me he atrevido a autoinvitarme a su casa, a hablarle con franqueza insultante, según sus propias palabras, e incluso ha sido capaz de mentirme asegurando que sabía que era yo por algo que no lo era.

Dio otro paso. Esta vez Juliette no retrocedió. Apretó los labios.

-La verdad es – dijo Okakura con voz dulce, sólo a un metro de ella – que usted es un ser humano como todos los demás. Pero nunca se ha atrevido a romper esa lente con la que mira al resto del mundo. Una lente de lógica fría que la mantiene lejos de todo aquello que pueda hacerle daño. Pero su lente es incapaz de enfocarme a mí. Lleva un tiempo intentándolo, tratando de lograr que yo pueda ser visto a través de ese cristal con la misma nitidez con que ve el resto del mundo. Pero es imposible, y lo sabe. Su mente, su corazón lo saben. Nunca podrá mirarme como al resto del mundo, porque para usted no soy como cualquiera del resto del mundo. Para usted, soy la persona en la que piensa cuando no estoy, a la que evita sonrojada cuando sí está, que se sobresalta sólo por escuchar el eco de sus pasos – acercó el rostro un poco más – y por la que destrozaría esa lente con sus propias manos, si se lo llegara a pedir. Es por esto, Juliette, que usted ha perdido el reto. Porque desde el principio aceptó mi tarjeta y me dejó entrar tras su lente. Porque quería comprobar si, observándome sin ese cristal, podía ver lo que soy para usted en realidad.

La bofetada restalló como un látigo. Okakura volteó la cara, pero no se movió del sitio. Girándola un poco para volver a mirarla, sonriendo aún, vio que Juliette estaba aún con el brazo cruzado delante de ella, como si estuviese dispuesta a darle otra bofetada de revés. Los ojos se mostraban ligeramente húmedos, echando chispas mientras fruncía el entrecejo y apretaba los dientes.

-Márchese.

El susurro salió entre dientes, furioso. Okakura asintió aún sonriente, dando un paso atrás, obteniendo suficiente espacio como para hacer una especie de reverencia adornada con una floritura de la mano. Entonces se dio la vuelta y se alejó.

Juliette permaneció de pie, sin moverse, sin hablar. Temblando. Pero no fue hasta que la figura de Okakura desapareció por la puerta del salón y escuchó el eco de sus pasos acercarse por el pasillo hasta la puerta de salida que Juliette no salió tras él. Pero antes de que pudiera llegar al pasillo, escuchó el ruido de una puerta cerrarse. Cuando llegó hasta allí, el pasillo estaba oscuro y silencioso. Vacío.

Con paso lento, Juliette se acercó hasta la puerta, acariciando la madera pulida con la mano. Apoyó la frente en la puerta, y después se dio la vuelta, pegando la espalda. Lentamente resbaló hasta caer sentada, las piernas juntas y dobladas con las rodillas a la altura de su cara. Se llevó una de las manos a los labios, luchando de manera titánica por evitar lo que hacía ya unos segundos ocurría sin que se diera cuenta, que unas lágrimas cayeran lentamente de sus ojos por sus mejillas. No sollozó, no emitió ningún sonido. Simplemente permaneció así, sentada unos segundos en silencio, cerrando los ojos con fuerza por su propia endeblez, por su propia traición, y por su propia estupidez de enamorada.

Ni si quiera soy capaz de vencer al reto que obstinadamente me impongo a mi misma... -musito entre dientes, envenenada de orgullo, sola en aquella oscuridad donde solo ella y su amor negado permanecían- incapaz de aceptar que necesito saberme amada por el resto de mis días...  
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Participacion de Ing. Manuel Alles (España)
(Unmeikuro)
Participación de personajes del Jardín
(Juliette)
4 historias de romance.
2012

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