Una vez le pregunte a un ángel.

Una vez le pregunte a un ángel, ¿Qué es el amor? El me miro a los ojos sonriendo, y respondió “Amor es solo una palabra, ningún sentimiento que parta del corazón puede ser expresado en una frase, mucho menos en cuatro simples letras” Yo no le entendí, los humanos le damos nombres a las cosas para comunicar como nos sentimos, lo que deseamos, lo que buscamos, ¿Si el amor no puede corresponder a la palabra amor entonces a que debe hacerlo?  No entendí absolutamente nada, y me desperté con un amargo sabor en el corazón.

Esa tarde de septiembre la sala del  apartamento estaba atestada de policías, se escuchaban los pasos acelerados de una mujer de un lado a otro, con una sincronía meticulosa, su cabello rojizo se movía elegantemente, tenia ella unos rizos perfectos, su silueta era estilizada, femenina, su piel blanca como si se tratase de una muñeca, labios perfectos, busto perfecto, piernas perfectas, todo en ella apuntaba directamente a una perfección casi paranoica, contaba con sus dedos mientras respiraba una y otra vez, una y otra vez, marcadamente, finalmente se detuvo en medio de la sala llevándose los dedos a la boca mordiéndolos hasta que un delgado hilo de sangre comenzó a aparecer en sus labios. Otra mujer que rondaba la tercera edad se acerco a ella acercándole su mano intentando calmarla, la pelirroja la golpeo con una soltura increíble y  dejo salir un grito utilizando todo el volumen que sus cuerdas vocales podían proporcionarle. Todos los presentes la miraron, bajando el rostro, esquivando su mirada o simplemente dándole la espalda, ella les dedico una mirada a todos y cada uno de ellos, luego simplemente camino hacia una de las habitaciones arrojando la puerta con premura y dejando que el eco de su grito se difuminase lentamente en el ambiente. Sobre la mesa había un periódico cubierto por una mancha de café que había convertido en un espectro borroso la foto que estaba en primera plana… ese día, esa tarde de septiembre, Kurosawa Shin había sido secuestrado.

Flores.



  • Nota del Co-autor: 

"Este texto puede causar diabetes así que cuidado al leerlo! "
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Te haré feliz...

Rumba, rumba, rumba. ♫ -tarareaba un hombre-
Aquella mañana de febrero, el hombre de cabello corto y despeinado que andaba por la calle, casual y despreocupado. Disfrutaba del día soleado y cálido que el clima le brindaba aquella región en algún lugar del mundo. Sus pasos le llevaban sin rumbo, era alguien despreocupado. La luz en rojo de un cruce detuvo su marcha, mantenía las manos en sus bolsillos mientras veía la señal del icono en rojo, peatón en pare. En su mente, este mismo icono salía de su cuadro y empezaba a bailar tap sobre los autos. Él era creativo, demasiado dirán muchos, muy poco creía a su vez por su parte. La luz cambio a verde, sus pasos le llevaban al ritmo de una caminata de chistoso andar, imitando al icono que ahora en verde, invitaba a la gente a cruzar, solo que esta vez estaba el solo cruzando en aquel rayado mientras los conductores que le veían quedaban extrañados con tan chistoso hombre.
Tadaaa~ -hizo una pose al terminar de cruzar la calle, los autos volvían a circular- 
Para el los aplausos en su mente eran suficientes.
El ligero murmullo melodioso resonaba por una tranquila calle aquella mañana, aquella chica de cabello blanco y ojos azules semi verdosos, poco atenta e inconsciente de su entorno se dirigía como de costumbre a hacer las compras en la pequeña bodega del vecindario, su ruta era bien conocida y todos los vecinos, que en su mayoría eran personas de edad, la saludaban con alegría
-Buenos días!- Respondía la joven que apenas tenia conciencia de a quien saludaba, si es cierto, los conociera o no saludaba a cualquiera que pasara por ahí, pero nadie podía negarse a respónderle a tal sonrisa. Su ruta la llevaba cerca de la ciudad a pocas calles de un camino bien transitado, el bullicio de la ciudad era reconocible desde aquella distancia pero aun así era un lugar muy tranquilo


La vida de aquel hombre de una edad indefinida, pero a simple vista se veía joven, era feliz; así se definía. Vivía tranquilo y feliz…
¿Lo hago? –Pregunto la voz alta, hablando con la voz que escuchaba en su cabeza-

Si, lo haces, vives feliz, eres tan descuidado que eres feliz. Ahora, deja de hablar conmigo, tu narrador, para seguir contando esta historia, que mas de una persona espera leer y tu nunca imaginaste protagonizar.
Oka~ -respondió llevándose las manos a la nuca y caminando como si nada-

Nuestro hombre de contextura media, era medianamente alto, medianamente bajo, tenia un lunar en su nariz que apenas se notaba y unos ojos castaños al igual que su cabello. Era una persona normal, de orilla, era un cumulo de defectos andante pero eso no le atormentaba ya que solo trataba de sonreírle a la vida, conseguir que otros sonrieran en el proceso no era malo para el de igual modo.
En fin, volviendo a la historia, el hombre había cruzado la calle, caminaba sin rumbo, todo hasta que su estomago le obligo a desviarse, necesitaba comer algo. ¿Hacia cuanto no probabas bocado, Nadie?
¡Creo que desde ayer! –dijo alarmado respondiéndose a si mismo, corriendo a la tienda que estaba a unos metros de el- ¡Buenos días! –saludo sin detenerse hasta llegar a la nevera donde estaban los productos lácteos y tomando un cartón de leche-

La campanilla de la puerta no había dejado de sonar cuando él ya estaba frente aquella nevera de amplias puertas traslucidas que mostraba la cantidad de productos lácteos y derivados, tomando directamente del cartón, como si estuviera en la nevera de su casa… eres un caso serio, Nadie.
Camino a la pequeña tienda vio como un peculiar hombre corría, como si su vida estuviera en peligro, preocupada, Aoi decidió detener su marcha y retroceder inmediatamente para quedar con la pared, mientras observaba los alrededores como si fuera a ella a quien persiguieran, luego de darse cuenta de que la calle estaba prácticamente vacía, uno que otro auto pasaba por ella, se percató de su extraña y poco racional decisión. Solo sonrió como si nada hubiera pasado y continuó su camino.

Cuando entro a la tienda, dio un profundo respiro, aquel típico aire acondicionado que enfriaba tu espalda tan rápido que pronto olvidabas que afuera aún había un radiante sol que calentaba casi instantaneamente la piel de tu rostro. Saludo como de costumbre al joven que atendía en el mostrador, y se dispuso a hacer sus compras sacando su pequeña bolsa desplegándola para poder utilizarla.

-Mmm que cocinaré hoy...- Se pregunto mientras miraba unas latas de sardinas en uno de los mostradores, cuando su mirada no pudo evitar ver un extraño tipo cerca de los lácteos, era aquel chico de hace un momento, parecía estar tomando leche frente al congelador como si se tratara de una nevera, era extraño, muy extraño… Pero su mirada de preocupación cambio repentinamente cuando pensó que capaz esa era la forma correcta de beber leche en una tienda, frunció levemente el ceño... Su pensamiento no duro más que 4 segundos para luego dar un pequeño suspiro y meter la lata de sardinas en la bolsa.

-¿Pizza?...-
El cartón de leche que aquel castaño sostenía inclinado le asfixio, la leche corrió por su nariz causándole una hemorragia nasal láctea, eso se lee muy mal pero así paso. Nadie se quedo sin aire y alejo con torpeza el cartón de leche de si, limpiándose el rostro con la manga de la camisa deportiva manga larga unicolor que usaba. La imagen que cruzo la puerta y ahora se paseaba ante sus ojos era algo…
Indescriptible… -susurro él-
Así mismo, lo pensaba, lo decía. El corazón que latía dentro de aquella caja torácica que a su vez estaba vinculado a un torso en un cuerpo que pertenecía aquel hombre, latía fuerte, muy fuerte. ¿El amor a primera vista existía? El lo sabia en ese instante, así como el dependiente de la tienda sabría odiarle por llenar el piso de leche ya que sostenía el cartón sin cuidado y esta caía en el suelo haciendo en el un charco blanquecino que ensuciaba sus ya sucios zapatos deportivos. Su cara era de “soy un estúpido con cara de imbécil aturdido”, creo que no tengo otra manera para describirla pero bueno, el muy tonto tenia  la boca abierta incluso. Tan sumido en la chica que sostenía esa bolsa estaba que prestaba atención a los comentarios que su mente le hacia, se le olvido respirar y esto le causo una asfixia, la tos acudió instantánea, atragantándose con su propia saliva.
Luego de tomar la lata de sardinas, se sorprendió al escuchar al pobre hombre toser, como si se fuera a morir por alguna especie de ataque o algo parecido, se acercó a él ya que de todas maneras el área de verduras se encontraba en el siguiente pasillo, ¿era algo inevitable?, no lo pensó mucho solo se acercó y trato de mirar  el rostro de aquel chico que a duras penas trataba de tomar aire.
-¿Se encuentra... bien?- dijo algo insegura mientras veía el charco de leche derramado por todo el piso, incluso en su rostro y ropa, algo desagradable, que incluso alejaría a cualquiera, pero para ella no quitaba el hecho de que tal vez necesitara ayuda.

La voz de ella atravesó sus oídos, como una brisa leve y cálida. El levanto la mirada, viéndola a la cara, totalmente feliz. Pobre hombre que no conocía el amor, ahora este sabia asfixia y a calma, cosa que no eran muy comunes en el. Estaba bien, aquellas reacciones…
No es nada, solo estoy enamorado… -le dijo viéndola ahora con mas calma.-
Hasta para mi era extraño, aquello era muy peculiar, siendo el un ser tan imperfecto, tan descuidado, como su mente puedo decir que nunca me presta atención y siempre hace lo que le da la gana sin razón o coherencia alguna pero esta vez… esta vez el corazón escribía las líneas que de su boca salían, no como de costumbre si no con una pasiva forma de decir “esta es la calma entre la tormenta”, tal cual era la vida de aquel loco en la vida.

[Está... enamorado...?] Dijo en su mente mientras veía aquel chico con la cara llena de leche, sonrió algo insegura y no dijo mas, asintió con la cabeza y siguió su camino, esperando no volver a entablar la misma charla con alguien tan... “peculiar” .

-Enamorado...- sonrió mientras se dirigía al pasillo de verduras, quién podría pensar que alguien que estaba empapado en leche y a punto de ahogarse, sentirse enamorado y es más, afirmar que por ello casi termina ahogándose.


Él le siguió con la mirada, como si la vida se le escapara del frente, cada paso que aquella chica daba ponía en una tensión casi sobrenatural al pobre insulso y loco hombre. Todo iba en cámara lenta y  ahora la humedad de sus pies había inundado sus zapatos, bajo la mirada, viendo que estaba en la tierra, para su desgracia?
¡Para mi suerte! ¡Ella existe! ¿Le has visto?
La he visto y he escuchado que le haz dicho que estas enamorado... ¿Estas loco acaso?
Tenia que, era... yo... -bajo la mirada, sinceramente sonrojado-
En serio estas enamorado...
Un suspiro ligero se escapo de los labios de el, no iba hacer nada, pero su mano soltó el cartón que sostenía y se apoyo en su estomago. Una sensacion extraña.
Creo que estoy embarazado... -susurro perplejo.-
Estúpido, son “mariposas en el estomago”, se sienten cuando se esta enamorado...
ah... -asintió dos veces, dando la vuelta para ver a la chica que no estaba muy lejos, una sonrisa estupida se escapo de sus labios, apoyandose a la nevera con una pose de “galan” muy mal imitada, logrando resbalarse y caer al suelo sobre el charco que el mismo había hecho.-
Eres un caso grave de idiotez...  

Aoi no tuvo problemas en elegir todo lo que necesitaba, pero los ligeros murmullos cerca del pasillo la tenían inquieta, como si alguna especie de fantasma estuviera tras de ella, se sintió algo incomoda y no pudo evitar ver a su espalda que aquel chico aun seguía sobre el charco de leche que había derramado por su irresponsable comportamiento, es más, parecía estar hablando consigo mismo, cosa que la preocupo más de lo que ya le había preocupado antes.

¿Tendrá algún problema mental? ¿Estará loco? No sabia que pensar en ese momento mientras lo observaba de reojo, cuando un repentino ruido termino por romperle los nervios tanto que dio un pequeño salto que casi termina por dejarla en el suelo. Nervios, ¿paranoia? era difícil saber que era lo que sentía, pero en su miedo, las puntas erizadas de su cabello, el sudor frio en su espalda  y la curiosidad por saber de donde provenía tal golpe, termino dandole una decepción.

-…-  Vio como aquel chico yacía sobre el charco, quien sabe que es lo que trataba de hacer, no pudo evitar dar un mirada algo lamentable pero a su vez deplorable, debido a su  imagen deshecha, producto del susto que se había llevado.


Le miraba desde el suelo aún, sonriendo como si nada, levanto la mano y la agito, saludandola jovialmente. No tienes verguenza...
No, no la necesito... -susurro sin dejar de saludar a la chica-
en fin, ¿ahora que haras? se supone que esto es un relato de romance. Tienes a una chica, estás tú, ya te enamoraste... ¿ahora qué? no puedo seguir hablando y describiendo como te revuelcas en el suelo sobre leche, ya me canse de mencionar la leche...
deja de amargarme el momento...
No lo amargo, solo que si no haces algo rapido ella se ira o...
En ese instante el dependiente de la tienda llego a arruinarle el momento a nuestro perfecto loco. El chico con el delantal rojo sostenian un trapeador, su cara de pocos amigos y susurrando cosas que no puedo describir por prudencia. Nadie solo se levanto con torpeza y sacando una billetera de algun pj de anime femenino, la abrio para lanzarle en la cara los billetes al chico.
Dejame ser feliz...
¡Por dios! Ese era el sueldo de dos semanas...
Callate tu tambien... -dijo decidido y caminando firme hasta la chica que estaba a metros de el, dejando los billetes a su paso, cerca del dependiente que limpiaba mas tranquilo después de aquella absurda muestra de desapego al dinero por parte del hombre de cabello castaño.-
La decisión en su mirada se veía de lejos... estando cerca de ella, no hizo mas que tomarla por el brazo, mirarla a los ojos y plantarle un beso como si aquello fuera lo mas correcto del mundo.
Momento...  ¡¡¿Le has besado?!!
Nadie inclino a la chica hacia atrás sosteniendola de la cintura como un experto, a pesar de que era su primer beso.

Trato de dar un paso atrás pero fue demasiado tarde, intento alejarlo pero su fuerza no se comparaba la de ella, quería gritar y decirle que se detuviera pero sus labios sobre los suyos, con un ligero sabor a leche fresca, no la dejaban decir ni una sola palabra. Hasta que su amabilidad o más bien su cordura termino por desaparecer y tomo uno de los pepinos que había tomado, partiendocelo sobre la cabeza cosa que detuvo al chico por un instante y aprovecho ese momento para librarce de sus labios, exacto un pepino... era su única arma en ese momento.

-¡S-Sueltame!- Exclamo mientras logró separase de él, pero aun la tenia entre sus brazos
-¡¡Dije que me sueltes!!- Tomo su bolsa y lo golpeó con todas las fuerza que tenía, al parecer las latas de sardinas fueron efectivas, pero no fue buena idea... apenas la soltó cayó al piso dandose un buen golpe


Los golpes no detuvieron al hombre de despeinados cabellos, el no pensaba soltarla, aunque con unas latas... el reflejo le gano, sus manos cedieron y le dejo caer pero el cayo tras ella, quedando sobre la jovencita que le habia robado el corazón, en una situación distinta el se habría detenido a opinar sobre el busto de ella, sobre su talla de brasier o hasta de su cutis, pero el perfume de la chica, aquellos ojos. Como se los he dicho, Nadie estaba siendo controlado por su corazón y no por esa extraña fuerza que suele controlarle...
Yo... ¿Te dije que estoy enamorado? -pregunto a la chica, teniéndola de cerca y sin un lejano plan de quitarse de encima de ella-
No puedo negarlo, hasta a mi me hacia feliz esa escena, quizá el no era la persona con mas virtudes en el mundo, pero no tenia malas intenciones. Trago fuerte cuando paso sus castaños ojos por el rostro de ella, buscando saber quien era. No su nombre, ni su dirección u oficio... Si no quien era, quien estaba allí, que sentia o que quería sentir. Que sueños tenia, que pesadillas le aquejaban. Eres un tonto nadie... un tonto...
Soy tan tonto que me enamore a primera vista de ti... -dijo a la chica acercándose un poco mas, tratando de adivinar el perfume que ella usaba sin mucho éxito-

Ella trato de alejar su rostro de él, mirando a los alrededores por alguien que pudiera ayudarla, ¿dónde estaba el tipo de limpieza? ¿Acaso por eso le dio el dinero? Para que se hiciera de la vista gorda. Todo estaba en su contra en ese momento, no le prestaba atención a los murmullos del muchacho, pero sólo logro escuchar su última frase.

-¿Enamorarte de mí? ¡Estás loco! ¡No te conosco, no sé quien eres! - Exclamó al escuchar tan insensata frase que provenia de él.

No, no... shhhh -dijo poniendole la mano en la boca negando con el rostro- Los nombres no hacen falta, no necesito saber tu nombre para quererte como lo hago...
Dile tu nombre al menos imbecil!
Ya, ya... Yo me llamo nadie... si eso quieres saber y estoy enamorado de ti chica que usa pepinos como armas... -agrego sonriendo con una alegria serena-
Era perfecto, simplemente perfecto. El no necesitaba más nada que eso, la tenía cerca y estaba con ella. Aquella situación parecía una típica escena de acoso pero... vamos, es Nadie, el está por encima de los parámetros morales, poco o nada le interesa el protocolo. Ahora, la tenía aprisionada contra el suelo, en sus manos tenía la oportunidad de volver a besar esos labios desconocidos que le habian mostrado la vida como no la había imaginado antes. Unos segundos y sólo eso basto para cambiar la perspectiva del perfil femenino.
Nadie era el típico pervertido que veía en las mujeres un objeto de entretenimiento, mas no, no lo hacia...
Ahora amo a alguien... -dijo rozando la mejilla de la chica con la de él, como un animal que con ternura busca demostrar su aprecio a alguien mas-

Se desesperó aun más cuando le taparon la boca, ahora no podía siquiera pedir ayuda o gritar, lo pensó por un instante, ¿por qué rayos no grité? Los comentarios del chico era cada vez mas preocupantes y en vez de sencibilizarla terminaron por ponerla nerviosa y sentir un profundo miedo hacia él, posiblemente seria víctima de un acoso, estaba totalmente a merced de aquel tipo que dio por nombre “Nadie” como si ese fuera un nombre, “que estupidez es esa” pensó. Al parecer no podía hacer nada mas para liberarse y decidió aceptar lo que sucediera, pero una chispa dentro de ella despertó, no podía aceptarlo, lo miro directamente de manera decidida aquellos ojos que eran algo hipnotizantes. Abrió la boca lo más que pudo y dio un gran mordisco a la mano del tipo, con toda sus fuerza tal cual perro defendiendo su hueso, apenas reaccionó el chico le dio una patada con todo lo que pudo en sus partes nobles  tratando de dejarlo “fuera de combate”. Lo cual terminó por liberarla, bueno, ningun hombre aguantaria tanto.

-Te dije que me soltaras, loco... ¡pervertido! - dijo mientras se recuperaba y volvia a levantarse.


Resignado, no lucho, ella se escapo de sus manos, ahora había sido mordido y pateado, el dolor del amor, creíste que nunca lo vivirías, ¿Nadie? Al menos hiciste algo, aunque viniendo de ti, no sé puede esperar nada...
- él no dijo nada, sólo se quedo tendido en el piso, pensando en los ojos de ella y en la sensación de tenerla cerca-
El escandalo había sido demasiado, el dependiente había ido en busca de un policía en la calle, aquel hombre era un acosador y eso era obvio. El hombre de uniforme no tardo en llegar y junto con el dependiente encontraron al hombre de cabello castaño cara al piso como si estuviera muerto, sumido en un sueño que aún no terminaba para él.  El policía simplemente se disculpo con la chica, y tomando al loco por el cuello de la camisa, le arrastro fuera de la tienda; le dejo en la acera. Él no se resistio.
¿Donde esta tu convicción ahora?
Se la regale a una mujer junto con mi alma en un beso... -respondió bajando la mirada al suelo, sin moverse de la acera donde le habían dejado-

Ella aún estaba algo impactada por lo sucedido y no quiso salir de la tienda, sabiendo que el policía solo lo había sacado del establecimiento mas no lo había encerrado, podría atacarla nuevamente en cualquier momento, Miro por las ventanas de la tienda y vio al tipo tendido en la acera como si estuviera muerto, y para mal, estaba al lado del camino que ella debía tomar para regresar a casa, ¿acaso esta mañana no podía ser peor? .

Con algo de temor e inseguridad le pidió al chico de la tienda que la acompañara, al menos hasta alejarse de ahí de la vista de aquel tipo que se hacia llamar “Nadie”.

-Gracias...- Dijo en un tono leve, cabizsbaja, al momento en el que el encargado acepto acompañarla. Ambos salieron de la tienda e inmediatamente ella se colocó a espaldas del encargado, cruzaron la calle y llegarón a su habitual camino, aquel chico tendido en la acera aún estaba a la vista, pero a un distancia considerable. El encargado se despidío y regreso rapidamente a la tienda para continuar atendiendo a sus clientes, ahora estaba sola y siguio su camino mientras trataba de olvidar lo que habia sucedido hace poco.

Quizá el problema de aquella situación no era que nadie estuviera enamorado de una desconocida, que eso pasara como un amor a primera vista, si no que pasara en alguien como lo era el. Un cumulo de defectos que no entienden la vida.
El instante en que ella paso junto a el acompañada del dependiente, el le ignoro, aun sonreía medianamente cuando el dependiente entro de regreso y ella se alejaba. La mirada almendrada de el se desvió a un lado, una sonrisa malisiosa se dibujo en sus labios y se levanto con rapidez para cruzar aquella avenida, un auto freno y el apoyando su mano en el capo del auto dio un salto alcanzando a la chica.
Era tan simple, a el no le importaba un “no”, simplemente no lo hacia.
Ahora con aquella chica cargada al hombro, caminaba por la calle como si fuera una situacion... vamos, que para nadie todas estas cosas son normales.
Ella podría patalear todo lo que quisiera, pero el la haría feliz, así tuviera que obligarla a serlo.
Jamas pensé que me enamoraría así... -Dijo levantando la mirada mientras el mismo semáforo de horas antes estaba en rojo para los peatones-

Quiso gritar apenas vio Nadie cruzar la calle pero no pudo hacerlo, no a tiempo,  ya en sus  hombros volvió a estar indefensa , su corto cabello apenas  se despeinaba y la bolsa de la tienda nisiquiera hacia ruido, él parecía estar corriendo pero la velocidad a la que lo hacia no decia lo mismo, mas aún al detenerse frente al semáforo peatonal.
-¡¿Qué quieres de mí?!- Dijo con los ojos algo llorosos, pero no obtuvo respuesta, estar en esa situación no era bueno, pero en cierta forma era agradable, un tipo raro que no conocia esta mañana y que aun no conoce dice que se enamoro de ella, nadie esperaría que sucediera ello, mucho menos que fuera tan decidido y precipitado, sonrió levemente por un instante, pero aun así...
-¡Dejame bajar!-


Jamas... -susurro el- Te haré feliz y lo disfrutaras... -dijo sonriendo contento para cruzar la calle en aquel lugar donde un dia de febrero ese loco termino enamorado-




Participación de Br Gino  (Perú)
[Aoi]
Pj del jardin
[Nadie]
4Historias de romance
2012

¿Un simple reto?

La vida de aquella fotógrafa estaba llena de éxito, una profesional de excelencia, quizá demasiado buena como para compararse o mezclarse con los demás. Prepotente y líder nata. Mas era un absurdo para ella que las casualidades tocaran a su puerta, al menos eso vivía pensando.


-Debo admitir que, cuando leí aquella nota en la que alguien me lanzaba un reto ineludible, imaginé otra cosa.

Entonces, ella sentada en un sillón de confortable respaldo, miraba impasible al frente. Vestida con una sencilla pero impecable blusa blanca de mangas largas, falda oscura justo por encima de la rodilla y piernas enfundadas en medias negras y zapatos de tacón alto, piernas que en aquel momento mantenía cruzadas con elegancia, dejando descansar ambas manos sobre su regazo de manera diligente, sus ojos tenían un punto de desafío y desdén.

Tenía el pelo largo, brillante y cuidado. El rostro era impasible, serio pero relajado, dueña de la situación. Pero aquellos ojos, que se mostraban fríos y como sin vida, eran como los del felino depredador que observa a una presa recostado en el suelo: en estos instantes no te cazaré, no te comeré. Pero basta que hagas un movimiento extraño para que salte a tu yugular.

-Créame, señorita, que no quedará decepcionada.

Frente a ella, frente a Juliette, había sentado un hombre. Un hombre cualquiera, uno que cualquier mujer podría calificar del montón, si ella pusiera interés en las clasificaciones que las mujeres hacían del sexo opuesto. Un hombre que, sin embargo, sonreía con tranquilidad, incluso con diversión. La chispa de sus ojos también lo confirmaba: parecía feliz por haber llevado a cabo un buen trabajo, o por haber logrado realizar una broma con éxito. Dado lo que le había llevado hasta allí, parecía más bien esto último.

Vestía de manera sencilla, una camisa lisa azul acompañada de unos vaqueros grises, usados pero limpios, y zapatos negros elegantes. Se mantenía ligeramente inclinado hacia delante, observándola a ella fijamente con sus ojos verdes y su sonrisa tranquila, con las manos juntas cruzando los dedos y cayendo entre las dos piernas abiertas, las muñecas apoyadas en los muslos. El pelo, ligeramente ondulado, parecía ligeramente despeinado: lo suficiente para parecer casual al ojo no entrenado.

-¿Cómo sabe cómo me sentiré? – replicó Juliette con tranquilidad, mientras levantaba una de las manos, mostrándole entre los dedos índices y corazón una pequeña tarjeta – Nada más volver al cuarto que uso como dependencias para mis cosas, encuentro esta simple tarjeta sobre mi bolso. “La desafío a un reto que ni usted podrá superar. Esta tarde en su casa a las cinco” – volvió a dejar caer la mano, negando con la cabeza – Invitándose a la casa de los demás sin ser invitado, escribiendo notas anónimas y retadoras. Con cualquiera de esas cosas, habría bastado para que ni siquiera le hubiese abierto la puerta, o hubiese llamado a la policía.

-Pero no lo hizo – dijo él, acentuando la sonrisa – Me dejó pasar en cuanto llamé a su puerta. Y no veo sirenas por ningún lado.

-Simple educación – respondió Juliette mientras se encogía de hombros – Reconocí su letra.

-Oh, me halaga usted, señorita Julie...

-No me llame por mi apodo, por favor... -se acomodo el cabello volviendo a verle- Que decir, Llevo trabajando para ustedes casi tres años, señor Okakura. Lo mínimo que se me debe pedir es conocer a mis compañeros de trabajo. Habiendo reconocido su letra, y sabiendo por ello que no era nadie peligroso, la más sencilla educación me lleva a no dejarle en la calle, permitirle que diga lo que tiene que decir y después hacer que se marche.

El joven rió levemente.

-¡Qué fría! ¿Ni siquiera llegará a plantearse resolver mi reto?

-No veo qué reto puede plantearme alguien como usted, señor Okakura.

-Y sin embargo – dijo Okakura, recostándose en el sillón igual que ella sin dejar de sonreír – de eso trata el reto. Para él sólo se necesitan dos elementos, y se encuentran en esta sala ahora mismo.

Juliette alzó una ceja.

-¿Y qué son esos dos elementos, si puede saberse?

-Usted y yo. Es evidente.

Juliette resopló levemente, asqueada.

-Empiezo a arrepentirme de haberle abierto la puerta, señor Okakura. ¿Podría ser menos críptico e ir al grano, antes de agotar mi paciencia? Dígame de una vez en qué consiste ese reto.

-Le reto a demostrarme – dijo Okakura tras una pausa – que no está enamorada de mí.

Juliette se lo quedó mirando unos segundos, los ojos abiertos, muda. Entonces comenzó a reír suavemente, de manera cantarina.

-Por el amor de dios, ¿es ese su reto? ¿Qué clase de dificultad tiene ese reto para mí? No estoy enamorada de usted.

-No he dicho que me lo diga. He dicho que me lo demuestre. Yo, por mi parte, le demostraré que estoy enamorado de usted – amplió la sonrisa – y que el sentimiento es mutuo.

-Encuentro esa franqueza insultante, señor Okakura – dijo ella, sin perder la compostura en ningún momento – Como le he dicho, no creo que usted pueda plantearme un reto serio. ¿Cómo iba a poder entonces enamorarme? – hizo un movimiento con la mano, como rechazando aquella idea – No soy una criatura que crea en el amor, señor Okakura. Y aún en caso de creer – dijo, mirándolo de arriba debajo de un rápido vistazo – apuntaría más alto. Usted apenas llega a la altura de mis tacones.

-Me alegra saber eso – dijo él, impasible al desprecio de Juliette mientras inclinaba un poco la cabeza hacia ella, como si le hiciese un cumplido – ya que significa que puedo alcanzarle al menos a besarle los pies.

Juliette apretó ligeramente los labios. Sólo un instante.

-Creo haberle dicho que su franqueza es insultante, señor.

-Yo, sin embargo, la encuentro edificante. El mundo sería un sitio mucho mejor si pudiésemos decirnos las cosas a la cara sin ningún tipo de miedo. Usted misma podría entonces confesar lo que siente. Veamos… ¿por qué no cree en el amor, señorita?

Juliette suspiró, sinceramente arrepentida de haberle abierto la puerta a aquel hombre. Entonces le miró a los ojos, dispuesta a dejarle claras las cosas y después, echarle de su casa.

-¿Algo que puede romperse con la suficiente facilidad como para desvirtuarlo por completo? ¿Algo tan en apariencia hermoso y que sin embargo para muchas personas es traicionero y cruel? ¿Algo que produce a las personas un estado de estupidez en el que llegan a hacer cosas que, en situación normal, ni siquiera se plantearían por absurdas? ¿Me pregunta por qué no creo en eso? Algo tan endeble y tan inútil no debería existir siquiera. Es un insulto a la razón. Ademas, simplemente tengo muchas otras cosas que hacer como para detenerme en nimiedades infantiles. 

-Por infantil o irrazonable que parezca, todos se ven afectados, señorita. Todos. Tarde o temprano, todo ser humano desea estar con otro.

Juliette sonrió, creyendo haberle pillado en un error.

-Me habla usted de instintos, señor Okakura. No de amor.

-Se equivoca, señora mía. Es de amor de lo que hablo. No hablo de la necesidad del ser humano como especie de perpetuarse. Hablo precisamente de lo contrario. De esos actos irracionales de los que usted habla. Llegado el momento, todo hombre o mujer, sin excepción, es capaz de sacrificar ese instinto de supervivencia por ese algo endeble, traicionero e inútil. Hace esas estupideces, como usted la llama, por otra persona, y en muchos casos lo único que pide como recompensa es una mirada, una sonrisa o una palabra. ¿Puede encontrarse algo que genere esa capacidad de sacrificio por tan poco precio? El amor existe, y usted también sufre su mordedura.

Juliette negó con la cabeza.

-Nunca he hecho nada de lo que me ha dicho. Y nunca pienso hacerlo.

-Y yo le digo que miente. Que ya lo ha hecho.

Juliette se levantó del sillón.

-Me insulta dudando de mi palabra, señor Okakura. Le ruego que se marche de mi casa.

Okakura sonrió, pero no sé levantó.

-También ese es otro rasgo de los enamorados, ¿sabe, señorita Juliette? Se autoengañan. Usted misma, por ejemplo. Ha dicho que no ha avisado a la policía porque reconoció mi letra, porque sabía que era yo – sacó de su bolsillo un bolígrafo y una pequeña tarjeta, idéntica a la que Juliette había encontrado en su bolso. Okakura escribió algo mientras seguía hablando – Los enamorados se dicen a sí mismos que las cosas no son como parecen. Lo de que el amor es ciego es terriblemente cierto.

Cuando acabó de escribir, se levantó y se acercó a ella, tendiéndole la tarjeta. Ella la miró, pero no la cogió. Había escrito “Juliette” con letra pulcra y clara. La letra era distinta a la de la primera tarjeta.

-Y usted se engaña, asegurándose que sabía que era yo quien le pedía verle porque reconoció la letra. Porque soy lo suficientemente valiente para decirle a la hermosa mujer que amo que puedo escribir esa nota sin que me tiemble el pulso – Okakura soltó la tarjeta, que cayó dando vueltas hasta el suelo – cuando realmente mi hermana me ayudó a escribirla.

Juliette vio caer la tarjeta y luego miró con ojos de fuego a Okakura.

-Le he pedido amablemente que se marche, señor. No me lo haga repetir.

-¿Sabe lo que creo? – dijo Okakura, sin hacer caso y dando un paso hacia ella – Creo que su trabajo tras una cámara es lo que le ha hecho así. El mundo se deforma tras la lente. Todo fotógrafo busca algo cuando hace fotos, todo hombre con una cámara busca algo cuando graba el mundo que le rodea. A usted le pasa lo mismo. Hay cosas que busca mirando tras esa lente, algo que busca con desespero. Y al buscarlo, sin darse cuenta, deforma el mundo. Ha visto demasiado a través de un simple cristal. Y yo le digo que es mejor poder ver a los ojos directamente, sin ningún cristal que uno mismo se haya creado para separarse del mundo.

Okakura dio otro paso. Juliette dio un paso atrás hablando con dureza.

-No se acerque un paso a mí.

-¿De qué tiene miedo? – dijo sonriendo con tranquilidad - ¿De descubrir que no podrá hacer como llegó a su actual trabajo? ¿Sabe que para muchos usted era la mujer de hielo? Le cruzó la cara a uno de los ayudantes del director simplemente porque se atrevió a echarle un piropo. Yo lo he hecho ya dos veces. Me he atrevido a autoinvitarme a su casa, a hablarle con franqueza insultante, según sus propias palabras, e incluso ha sido capaz de mentirme asegurando que sabía que era yo por algo que no lo era.

Dio otro paso. Esta vez Juliette no retrocedió. Apretó los labios.

-La verdad es – dijo Okakura con voz dulce, sólo a un metro de ella – que usted es un ser humano como todos los demás. Pero nunca se ha atrevido a romper esa lente con la que mira al resto del mundo. Una lente de lógica fría que la mantiene lejos de todo aquello que pueda hacerle daño. Pero su lente es incapaz de enfocarme a mí. Lleva un tiempo intentándolo, tratando de lograr que yo pueda ser visto a través de ese cristal con la misma nitidez con que ve el resto del mundo. Pero es imposible, y lo sabe. Su mente, su corazón lo saben. Nunca podrá mirarme como al resto del mundo, porque para usted no soy como cualquiera del resto del mundo. Para usted, soy la persona en la que piensa cuando no estoy, a la que evita sonrojada cuando sí está, que se sobresalta sólo por escuchar el eco de sus pasos – acercó el rostro un poco más – y por la que destrozaría esa lente con sus propias manos, si se lo llegara a pedir. Es por esto, Juliette, que usted ha perdido el reto. Porque desde el principio aceptó mi tarjeta y me dejó entrar tras su lente. Porque quería comprobar si, observándome sin ese cristal, podía ver lo que soy para usted en realidad.

La bofetada restalló como un látigo. Okakura volteó la cara, pero no se movió del sitio. Girándola un poco para volver a mirarla, sonriendo aún, vio que Juliette estaba aún con el brazo cruzado delante de ella, como si estuviese dispuesta a darle otra bofetada de revés. Los ojos se mostraban ligeramente húmedos, echando chispas mientras fruncía el entrecejo y apretaba los dientes.

-Márchese.

El susurro salió entre dientes, furioso. Okakura asintió aún sonriente, dando un paso atrás, obteniendo suficiente espacio como para hacer una especie de reverencia adornada con una floritura de la mano. Entonces se dio la vuelta y se alejó.

Juliette permaneció de pie, sin moverse, sin hablar. Temblando. Pero no fue hasta que la figura de Okakura desapareció por la puerta del salón y escuchó el eco de sus pasos acercarse por el pasillo hasta la puerta de salida que Juliette no salió tras él. Pero antes de que pudiera llegar al pasillo, escuchó el ruido de una puerta cerrarse. Cuando llegó hasta allí, el pasillo estaba oscuro y silencioso. Vacío.

Con paso lento, Juliette se acercó hasta la puerta, acariciando la madera pulida con la mano. Apoyó la frente en la puerta, y después se dio la vuelta, pegando la espalda. Lentamente resbaló hasta caer sentada, las piernas juntas y dobladas con las rodillas a la altura de su cara. Se llevó una de las manos a los labios, luchando de manera titánica por evitar lo que hacía ya unos segundos ocurría sin que se diera cuenta, que unas lágrimas cayeran lentamente de sus ojos por sus mejillas. No sollozó, no emitió ningún sonido. Simplemente permaneció así, sentada unos segundos en silencio, cerrando los ojos con fuerza por su propia endeblez, por su propia traición, y por su propia estupidez de enamorada.

Ni si quiera soy capaz de vencer al reto que obstinadamente me impongo a mi misma... -musito entre dientes, envenenada de orgullo, sola en aquella oscuridad donde solo ella y su amor negado permanecían- incapaz de aceptar que necesito saberme amada por el resto de mis días...  
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Participacion de Ing. Manuel Alles (España)
(Unmeikuro)
Participación de personajes del Jardín
(Juliette)
4 historias de romance.
2012