Cumpleaños de introspección secuestrada

El ruido seco de un golpe en la maleta de un auto que se estacionaba, el jardín de la torre estaba oscuro, eran alrededor de las 12am. 29 de octubre del 2011.
La puerta se abrió, Anette entro sosteniendo un acolchado, Nadie se le adelanto, abrió la puerta de la torre, detrás de ellas, venían Juliette caminando con una sonrisa maliciosa dibujaba en sus labios y Doncella mirando al guardaespaldas de la Juliette, que, en su hombro cargaba cuan saco ligero algo que se movía y hacia ruidos.
La biblioteca de la torre estaba poco iluminada, a Doncella no le gustaba la electricidad, los mayordomos echaron más leña al fuego y aquel lugar quedo iluminado por completo.
Una silla frente al fuego, Nadie se sentó de espaldas a esta, mirando la silla vacía, con las piernas cruzadas tecleando en una laptop, Anette termino de acomodar el acolchado en la silla para que fuera más cómoda y se sentó en un sofá cercano a esta.
El hombre de gafas oscuras y gran tamaño, dejo el bulto en la silla, siguiendo las indicaciones de Juliette, que se quedaba de pie mirándolo. Doncella se acercó al bulto y trato de soltar el contenido. Ya había dejado de moverse, Anette le paso unas gafas a Doncella y esta se las puso a una chica que amordazada y amarrada estaba en aquella silla frente a los 4 personajes habitantes de aquel mundo interno, dentro de ella misma.
Creo que tus guardas la han maltratado –dijo Doncella preocupada viéndole sin quitarle la mordaza-
Nadie levanto el rostro, sonriente,. –Estaba perfecta! Debimos ponerle saborizante a ese trapo para que lo disfrutara!
Anette negó con el rostro llevándose la mano y cubriéndose el mismo.
No pasa nada, necesitaba un poco de su propia medicina… -dijo Juliette más seria con los brazos cruzados viendo a quien estaba en la silla-
Tienes el cabello muy largo, rizado a mas no poder, bucles naturales –dijo Juliette dando unos pasos acercándose-
Esas gafas, el lunar en la nariz, pequeño, imperceptible… -agrego Doncella llevándose la mano a la mejilla sonriendo amable-
No es muy alta, tiene las manos y los pies muy pequeños… -agrego Anette apoyando su mejilla en su mano que a su vez, se apoyaba en el sofá-
Es necia, ególatra, despiadada e inconsciente, demasiado despistada como para si quiera tener estilo! Una camiseta y unos jeans… ¿que es esa ropa? –Agrego Nadie tecleando levantando la mirada-
Eres nuestra creadora-dijeron todos en coro mientras Juliette le quitaba la mordaza y Génesis podía hablar-
¿Qué rayos hacen conmigo cuerda de retorcidas alucinaciones? –dijo Génesis ahora, sus gafas se torcía mientras se movía un poco, sin mucha fuerza, pasando su mirada por los rostros de aquellos cuatro personajes que parecían tener un plan-
Todos sonrieron a la vez… Doncella levanto la mano y dos mayordomos trajeron un carro con un pastel…
Feliz cumpleaños a ti… ♫ feliz cumpleaños… ♪
Génesis no podía creer aquello, perpleja, atada de pies y manos aun, aquellos personajes que tanto la odiaban cantaban cumpleaños para ella… para si mismos… Anette tenía un mohín conformista, Doncella dejaba escapar una lagrima, llevándose el pañuelo apresuradamente para evitarlo, Nadie dejando la laptop de lado, hacia variantes de la canción, alterándola y Juliette silenciosa, sonreía ampliamente viendo el pastel con 21 velas encendidas.
Unos aplausos cortados, Génesis bajo la mirada al pastel que tenía letras torpes hechas con caramelos. Aquel pastel había sido hecho por Anette y Nadie. (Por dios, que podrá tener dentro) pensó ella, sonriendo ahora soplo las velas…

Espero sea un año mejor con ustedes… -dijo viéndoles-
Después de todo, dentro de mí no hay nada malo…


Siempre estaremos aquí...

La pesadilla de los andantes, Parte I



El otoño hacia que aquella mañana fuera opaca, la luz era opaca, las nubes cubrían el sol. Los arboles no se movían. No había brisa, solo hojas de colores topacios que caían de vez en cuando ante la presión de su propio peso por la gravedad.
Juliette había pasado la noche despierta, era una noctambula sin remedio, acostumbrada al trabajo nocturno. Aquel día llego muy temprano a sakurai, tal y como era su costumbre. Sus dos mayordomos de costumbre le acompañaban.
Aquellos mayordomos eran dos hombres de facciones extranjeras. Uno de ellos, tenía el cabello blanco, cortado de forma dispareja, peinado de lado, sus ojos grises, oscuros, inquietantes, sus facciones eran finas, piel pálida y no muy alto. Era de labios finos y elegantes en expresión por nacimiento.

El compañero que siempre tenía, era un hombre de cabello rojo algo largo, recogido en una coleta, tenía un parche en su ojo izquierdo, sus facciones eran más toscas, su vida había sido más dura quizás, era más alto que su compañero y tenía los ojos de un verde muy oscuro, al menos el que aún conservaba. Su actitud era más rebelde, al menos eso dejaba ver, su piel era un poco tostada, mas seguía siendo blanco, común en algún país europeo.

Ambos tenían una vida algo atrofiada antes de conocer a la familia von Goethe, eran muy niños aun en aquellos días.
Ahora estaba allí, en aquel país lejano de su tierra, de sus orígenes, junto a esa mujer de cabello largo y trenzado que los trataba con amabilidad pero les exigía con prepotencia muchas veces. El pacto que habían sellado con sus voces, era claro y simple; ellos debían hacer lo que creyeran necesario por esa mujer. Solo eso. Podrían “retribuir” el daño que ya habían causado en su pasado. Redención, lo que muchos buscan después de una vida de caos.

Juliette seguía escribiendo entre papeles, sostenía una pluma de punta fina y dorada, escribiendo a mano alzada con mucha soltura, movía rítmicamente la mano, el reloj del muro rompía el silencio que ella tanto odiaba a veces.
La campana de un día nuevo había sonado, pero nadie había llegado un rato después…
Los profesores de este instituto no conocen la palabra puntualidad… -dijo mientras dejaba la pluma y se quitaba las gafas para limpiarlas y volver a ponérselas, continuando en su escritura-

Ella era la coordinadora docente de aquel instituto secundario. Sakurai, renombrado y uno de los mas grandes en el país.

La mañana transcurría lenta, por la ventana la brisa fría de aquel otoño seguía dándole en el cuello de vez en cuando. El mayordomo de cabello blanco tomo una bufanda de un perchero y se la puso a la mujer sin molestarla mientras esta escribía.
Ya había pasado más de media mañana y el pasillo se había llenado de gritos nada normales, aun así, Juliette ignoro eso. Después de todo, quizás solo eran estudiantes dándole la bienvenida a sus nuevos compañeros, aun no conocía a los japoneses del todo.

La puerta del salón de profesores se abrió, el ruido del pasillo había cesado. Juliette seguía escribiendo, calmada.
Buen día… -dijo sin levantar la mirada ni dejar de escribir-
No recibió respuesta alguna, solo un sonido extraño, arrastraban los pies, no había cosa que le desagradara más que eso.
Por favor, podría usted ser más educado y… -levanto su mirada, viendo por encima de las gafas, algo borroso, una silueta pálida de un estudiante ensangrentado-
El mayordomo de cabello rojo tomo por la cintura a la mujer de gafas y cargándola con cuidado y firmeza, la levanto, alejándola del escritorio donde el estudiante había puesto ya sus manos, manchando todo sobre el.
Juliette sostenía la pluma aun, inexpresiva, sin parpadear. ¿Que era eso que había visto?
El mayordomo de cabello blanco le quito la pluma de las manos a la mujer y dando la vuelta al escritorio, le clavo en la cien atravesándole el cráneo.
La sangre se rego más, el hombre alejo su cuerpo evitando ensuciar su traje, miro a su compañero y ambos miraron a la puerta, venían más.

Juliette no se movía, al fin parpadeo, había ignorado lo que su pluma había causado. Miro hacia la puerta y se acomodó las gafas con una mano, se aferro al hombre que le cargaba con la otra; su mirada fija en aquellos estudiantes. Manchados de una sangre negra y purulenta, con mordidas en sus rostros, su piel de un tono oscuro, ¿sangre coagulada?

Separo sus labios y tomo aire antes que estuvieran demasiado cerca de ella, bajo la mirada al escritorio, el estudiante que había sido atravesado aun tenía un pedazo de carne entre sus dedos.
Ambos hombres asintieron, el de cabello blanco tomo una silla y la lanzo por la ventana. El de cabello rojo dio un pequeño salto y de pie en el marco de la ventana que estaba ahora totalmente rota a pesar de haber estado abierta, miro hacia abajo, ubico unos arbustos que amortiguaran la caída y se dejó caer sosteniendo a su ama en brazos, seguido de su compañero de cabello blanco.

El jardín parecía haber sido infestado de gente salida de películas de terror de pocos recursos. Muchos corrían, algunos estudiantes se escondían, los gritos de agonía se dejaban escuchar más allá del portal del instituto. Juliette miraba a su alrededor, sin exigir que le bajaran, sin sorpresa, solo… confundida.
Alguien se acercaba corriendo, pero muy lejos aún, Juliette se giró, la ropa tradicional lejana se dibujó, al fin alguien que conocía, el estiro su mano a lo lejos y las gafas cayeron, detrás del varios estudiantes le sostenían por los pies ahora, arrastrándolo de regreso. Juliette trato de acercarse a socorrer a su amigo pero sus mayordomos no le soltaron. Negándose a perder a su ama.

Los gritos de agonía ahora frente a ella, ¿se comían a una persona? ¿Canibalismo? No, no estaban vivos… no podían.
Miro a un lado, los mayordomos volvieron a pasar su mirada alrededor buscando algún lugar a salvo.
El mayordomo de cabello blanco miro al portal, no era opción, no aun, todos estaban entrando y saliendo por allí. Miro hacia arriba… el edificio era un pandemónium. Solo quedaba el patio central entre el ginmacio. Allí no había nadie en horas de la mañana.

Acomodándose los guantes, hizo una seña al mayordomo que sostenía a Juliette. Ambos dirigieron su paso al lugar.
Aquella plazoleta estaba vacía en efecto, era lejana al edificio de las aulas y cercana al invernadero. Los gritos se hacían menos frecuentes y más se asían sentir los golpes y las caídas por las ventanas y escaleras.
El mayordomo de cabello rojo dejo en el suelo a la mujer.
El sol hacía del cabello castaño dorado, una larga y brillante visión. Ella aun no expresaba nada del todo… dio unos pasos alejándose.
Sus tacones se enterraban en la grama, la falda recta negra y su blusa blanca, el lazo negro que atado al nivel de sus gafas se movía al ritmo de su caminar, lento. Dio la espalda a ambos hombres de traje que atentos, vigilaban pero veían a su ama, esperando alguna orden por primera vez.
Juliette junto sus manos, se quitó las gafas y se llevó los dedos luego a sus cuencas, los ojos de un verde azulado se cerraron por un instante.
Aun no entiendo que pasa…-dijo después de una pausa, aun sosteniendo sus gafas y dándole la espalda a los hombres- pero no es nada bueno… esto no es normal y no entiendo nada, saben cuánto odio no entender nada –dio la vuelta lentamente poniéndose las gafas, seria, severa-
No sé qué hicieron en su pasado, mi madre se encargó de sellar sus pactos… -bajo la mirada cerrando un poco sus ojos, tratando de recordar, aclarando su voz para que el ruido de aquel caos le dejara expresarse claramente- pero ahora necesitan decidir qué hacer… 

Ambos hombres bajaron su mirada también, arrodillándose ante la mujer, tomaron una mano cada uno, ella levanto la mirada, viéndoles con amabilidad, levantando las manos y poniéndolas en las cabezas de ambos.
Ambos pueden decidir, están libres del pacto, pueden hablar si lo desean, Lois –dijo mirando al hombre de cabello blanco- Marz… -miro al hombre de cabello rojo- ya no tienen ninguna obligación conmigo.

Ambos hombres bajaron mas sus cabezas, Juliette quito sus manos y se alejó de ellos un paso, dando la espalda de nuevo y llevándose la mano al mentón. Pensando que hacer en esa situación.
Marz y Lois se levantaron, sus miradas sombrías se mantenían bajas, ocultas.

Lois había sido en su adolescencia un asesino en serie no descubierto, su familia, acaudalada y francesa había hecho de sus crímenes algo que nadie notara usando el dinero que tenia. Un neurótico maniático. Cuando conoció a la familia Von Goethe, decidió cambiar, cedió su dinero, su nombre y su voz para servir a la niña de unos 3 años menor que el.

Marz a su vez, había estado implicado en saqueos y vandalismo, peleas callejeras y matado a golpes a su propia familia de unos 7 hermanos más, pobre de nacimiento. El no tenía que ofrecer a la familia Von Goethe cuando le sacaron de la cárcel, así, dando como ofrenda su propio ojo izquierdo, su nombre y su voz… había sellado el pacto que le ayudaría a vivir más tranquilo, o eso pensaba el cuándo la madre de Juliette había hecho el pacto con él, viendo aquella chiquilla de unos 8 años menos que él.

Una carcajada, Marz levanto la mirada riendo mientras veía aquel cielo oscuro de un dia turbulento. Lois se llevó la mano al rostro, una sonrisa silenciosa y maniática se escapaba entre sus dedos.
Ambos eran peligrosos, Juliette lo sabía, pero no tenía miedo de ninguno, tenía peores sirvientes a su servicio, todos fieles, cegados ante ella por un amor platónico no correspondido. Hombres de pasado tan penumbroso que no podía hacer más que tenerles lastima. Ellos, aunque ya no tuvieran nada que les atara aquella mujer, no le abandonarían.

¿Qué ha de hacer ahora, ama? –Pregunto con dificultad Lois, con un francés ronco, su voz algo susurrante, como cuando alguien no ha hablado en mucho tiempo-
Juliette se giró, escuchando por primera vez en su vida aquel hombre, sonrió amablemente, más calmada.
Sobrevivir… -respondió-

Ambos hombres asintieron sonriendo de una forma perturbadora cuando de unos árboles cercanos salían varios zombis, los dos mayordomos cubrieron a la mujer, era simple acabar con otros caminantes, Marz se adelantó pero en aquel instante una ventana en lo alto del edificio se rompió, varios zombies caían sobre ellos, Lois cubrió a Juliette como pudo, Marz había quedado bajo los cristales, se había cubierto con el brazo pero había caído al suelo, los zombis se levantaban y se acercaban ahora, rodeándolos.


Continuara...

Nota:
Texto: Japones (se supone que es japón la locación de los hechos)
Texto: Ruso (lengua natal de la personaje)
Texto: Francés