El invocador y La guardián del bosque


La noche se acercaba, aquel lugar lejano; tierra de fantasías míticas. Cuantos humanos habrían pasado por la vida de aquella musa? En la rama de un árbol columpiaba sus pies descalzos, su pálida piel cubierta por una fina tela blanquecina.
Sus ojos purpura cual aparición demoniaca contrastaban con su cabello gris, opaco, que; largo, se enredaba en sus brazos, en sí misma.
Tarareaba sin nada más que el ánimo, de una musa inquieta, sencilla.

¿Uhm? -Olfateó el ambiente como si tratara de reconocer, dirigió sus manos hacia el rostro de aquella aparición, como si deseara palparte, aún desde su alejada posición, para confundirte con las ninfas a las que acostumbrado estaba a tratar.- ¿Quién eres, cuál es tu color? –pregunto aquel joven con los ojos entrecerrados, su cabello rubio brillaba en mitad de la tarde, cubriendo parte de su frente, una parte de sus ojos albinos, pálidas pupilas, opacas, se dejaron ver en un parpadeo lento e imperceptible-
Aquella mujer levanto su mano saludando con el cabello enredado entre los dedos, brillante. Sonrió levemente sin dejar de balancear sus pies lentamente.

Soy… -miro a un lado con picardía para detener sus pies y desvanecerse en el instante-
Nadie… -una brisa paso rozando, susurro al oído de aquel invocador, cálido, calmado-
Ahora, detrás de él, le vio de arriba abajo, analizándole desde su espalda. Viendo su nuca, se llevó la mano al nivel del rostro y una musical risilla se escapó de sus labios delatando su posición de nuevo.

Hola nadie… -dijo girándose para hablarle a quien creía tener casi en frente, la ceguera que había embargado sus ojos, antes llenos de vida, ciruleos y brillantes, le impedía saber la ubicación exacta de quien le hablaba, por un instante miro a un lado, perdiéndose en su propia oscuridad- yo soy alguien no muy especial, Nadie. –dijo susurrante para distraerse en sí mismo de nuevo-

Nadie se acercó mientras él seguía hablándole, curiosa ahora. ¿No podía ver? Alguien…

¡alguien! –dijo poniéndole el dedo en la nariz, ya muy cercana, casi encima del cual animal-

En mitad de la ceguera, los sentidos son más agudos, la reacción inmediata ante aquel inocente gesto fue un golpe que dio en la mano de quien le tocaba la nariz. Serio, no estaba complacido con aquellos gestos. –Nadie puede tocarme, mucho menos sin mi permiso… -dijo con altivez y orgullo-

El golpe desvaneció la mano, la sorpresa de esa musa, alejándose de nuevo, la mano volvería cual polvo a reaparecer en su lugar.
Alguien que tiene lo que merece… y que por castigo se ha quedado sin derechos y deberes.
Respondió ella inexpresiva, negó con el rostro para mover los dedos rítmicamente, las luciérnagas se acercarían a ella, alejándose del invocador.

La noche había caído, clara, muy clara. Aun el topacio del horizonte distaba de un día apenas terminado. Nadie tomo aire y soltándolo lentamente los grillos empezaron a cantar.

Era el guardián de aquel bosque. Quizás aquel acto de orgullo hundiría más el destino de aquel joven, pero esa musa era amable… eran los días del solsticio, su humor siempre cambiante.


No decidí ser quien soy, pero si decidí aceptar el castigo que decidieron darme. –dijo el mientras se alejaba dando un paso atrás, al sentir que quien tenía cerca no era cualquier ninfa o musa, los zumbidos de las luciérnagas ya no eran perceptible, no tanto como antes de aquel instante- No he de disculparme, Nadie de frías manos.

La guardiana negó de nuevo, mirando las luciérnagas ahora, dio la espalda, extendió su dedo y una de estas se posó sobre el mismo, ella le miraba. – Como disculparse con algo que no existe? –miraba la luciérnaga fijamente, esta se reflejaba en sus ojos, el brillo se movía, ella veía una mariposa de alas verdes brillantes, pestañeo varias veces y la luciérnaga se fue volando con alas majestuosas, aquella era una mariposa ahora, solo un polvillo brillante dejaba como estela de su vida anterior, torpe por el cambio tan fulminante, nadie le veía volar escueta, sonrió levemente como si la travesura fuera un logro- Los “alguien” siempre cambian… se transforman en “algo”. Si las suerte les acompaña… -seguía el vuelo de la mariposa con la mirada- su segunda vida es más larga que la primera… -la mariposa fue atrapada por la rápida lengua de un sapo que se ocultaba lascivo en la maleza-

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